La historia que les voy a contar hoy empieza hace tres años a las puertas de un concierto de los Futureheads. A mi los Futureheads me la soplan bastante, pero era el primero de una serie de conciertos que componían un festival que no voy a nombrar aquí para no hacer publicidad de Benicassim.
El caso es que, hallábame yo a las puertas del recinto esperando a su apertura cuando estas se abrieron y toda la gente que se encontraba allí se abalanzó hacia dentro como una marea de zombis ansiosos por comerse los celebros de un grupo de superv… si, vale, me estoy repitiendo. Bueno, pues en ese momento, cuando toda la gente entró en tromba para ponerse en primera fila, un GNA* me pisó el pié con tanta fuerza que me dejó clavado al terreno durante varios segundos.

El momento del suceso, tal y como señalan los registros del instituto sismológico de Denver.
Pude cojear abriéndome paso entre la multitud hasta un lugar seguro, solo para comprobar que mi uña antes esbelta y poderosa ahora presentaba un nada saludable tono morado-azulado. Este incidente me relegó a ver el resto del festival desde debajo de la valla de los VIP, donde un montón de pogres famosetes me arrojaban los restos de su comida.
Por supuesto, la uña se me infectó (a mí todo se me infecta, siempre. Tengo el convencimiento de que moriré comido por la gangrena tras arrancarme un padrastro). La cosa no hubiera pasado a mayores si no hubiese sido porque un día, tomando un helado, un amigo (que en aquel entonces contaba con 122 kilos de peso) pateó accidentalmente mi dedo gordo, haciendo que la uña se levantara como la tapa de un dispensador de caramelos Pez, dejando salir un mar de sangre y pus entre mis maldiciones y recuerdos a su familia.
La uña, claro, se cayó. Un par de semanas después la superficie expuesta se había queratinizado y la nueva sucesora pudo crecer sin mayores problemas. Hasta que llegó al final del dedo y entonces decidió que, además de crecer hacia delante, también debería crecer hacia los lados, porque no. Claro, el problema es que a los lados está la carne, así que tenemos lo que comunmente se conoce como un uñero. Y aquí llegamos al meollo de la historia.
Hace un par de semanas, el dedo gordo se me infectó debido al susodicho uñero. Lo normal, lo que toda la gente hace en este tipo de situaciones es bajar a la farmacia y comprar un poco de alcohol para desinfectárselo. Fácil, ¿no?
Pues no. En Praga NO.
Porque, cuando fui yo a pedir un poco de alcohol etílico, la farmacéutica me miró como si le estuviera pidiendo que me vendiera vodka. Que no, señora, alcohol de desinfectar. Desinfection alcohol, you fuckin’ asshole. Nada, que ni así. Estuve unos veinte minutos intentando explicarle que solo quería desinfectarme el dedo, pero la mujer se limitó a hablarme en checo mientras agitaba los brazos, así que desistí de mi empeño, no sin antes soltarle un par de palabritas que a buen seguro no iba a entender.

¿Lo ve, no es tan dificil? Alcohol, joder, A-L-C-O-H-O-L. Hostias ya!
Tuve que recurrir a un compañero de curro que es checo y sabe hablar inglés para ir a una farmacia y conseguir algo para desinfectarme el dedo. Y aún así lo único que obtuve fue betadine.
Se preguntarán ustedes por que les cuento toda esta monserga solo para acabar diciendo algo tan nimio como que no pude comprar alcohol. Pues bien, básicamente por dos razones, 1) para que comprendan lo difícil que es conseguir cualquier cosa aquí en la República Checa (otro dia les hablaré de los cajeros automáticos, que también son la risión) y 2) porque a veces me maravillo a mi mismo de lo mucho que puedo escribir sin contar prácticamente nada. Si en lugar de uñas hablase de templarios, seguro que ya sería rico.
Hale, pórtense bien en mi ausencia.