Como se habrán percatado si no viven ustedes debajo de una piedra (o en su defecto en una comunidad Amish), el tema nuclear vuelve a estar muy de moda. Y todo gracias a ese simpático personajillo llamado Kim Jong-Il, a quien seguramente le gustaba mucho la Guerra Fría y ha decidido seguir los pasos de su idolatrado Stalin y fabricarse un par de bombas nucleares.
El problema es que al simpático de Kim se le ha metido en la cabeza que puede -y debe- plantarle cara al Tío Sam, porque oiga, serán pequeños pero tienen bombas nucleares, amén de dos cojones bien puestos y 12 millones de soldados con el cerebro bien lavado entrenados para formar la imagen de su cara con antorchas y que se pueda ver desde el espacio. ¿Y quién puede discutirles eso, eh?

Hasta la victoria siempre
Lo que nadie se ha parado a decirle nunca al Querido Líder -porque probablemente acabaría en un paredón- es que, si alguna vez se le ocurriera apretar el botón rojo su país iba a durar menos que Steve Irwin en un estanque lleno de rayas. Pero claro, eso no quita que el susodicho botón descanse sobre su escritorio en este preciso momento. Ahora, sí, mientras usted lee esto.
Y fue todo este berenjenal el que dio con mis huesos en alguna página de internet en la que encontré la historia que les he venido a relatar (porque sí, la historia empieza ahora, después de cuatro párrafos. Ríase usted de Carlos Ruiz Zafón).
El caso es que, cuando los USA empezaron a convertir ciudades japonesas en átomos radiactivos, la gran mayoría de los científicos nucleares que habían tomado parte en la concepción de tan divertido ingenio se orinaron y defecaron -simultáneamente- en los pantalones al contemplar lo que habían hecho (por lo visto, tales eminencias habían previsto que del interior de una bomba atómica surgieran conejitos de angora, arcoiris y osos amorosos, y claro, se quedaron consternados al ver una detonación nuclear de 12 kilotones).

Vaya, esto no me lo esperaba…
Muchos dejaron la física, otros siguieron desarrollando programas nucleares y la mayoría decidió constituir el Bulletin of Atomic Scientists, revista que se encargaría de monitorizar la actividad nuclear en todo el planeta.
Empezada la Guerra Fría, con un montón de rusos cabreados intentando desarrollar tecnología nuclear por su cuenta, nuestros amigos se dieron cuenta que a lo mejor esto iba a acabar muy malamente. Muy, muy malamente. De manera que se pusieron de acuerdo todos en que necesitaban algún indicador que mostrara el peligro real de una confrontación nuclear total que mandara a la humanidad a los primeros estadios de la evolución, ya saben, al equivalente de las primeras pantallas del Spore.
Y ese indicador fue El Reloj del Día del Juicio Final (o Doomsday Clock).
La historia exacta y los pormenores los pueden encontrar el la página web oficial, la wikipedia o este magnífico documental que habla sobre el tema. Que me está quedando el post muy largo, hombre ya.
Como se explica, el reloj empezó marcando (a modo simbólico) 7 minutos para medianoche (siendo la medianoche el momento del katapúm), y se iba adelantando o atrasando en función del riesgo real de guerra. Lo más cerquita que se ha estado nunca fueron dos minutos para medianoche, y lo más alejado, 17 minutos (justo después de la caída de la Unión Soviética).
Hoy, el reloj marca cinco minutos para medianoche.
Sí, amiguitos. Estamos más cerca hoy de la hecatombe de lo que lo estuvieron en la mayor parte de la Guerra Fría. Visiten los enlaces, mírense el documental y exploren un poco por su cuenta. Descubrirán que actualmente la paranoia está muy infravalorada.
Piensen en ello antes de acostarse.