Archivo de Junio, 2009

Interpost (IV)

Avalada por el Alto Comisionado para la Defensa Zombie (ZDHC por sus siglas en inglés) llega la AA12 Combat Shotgun, capaz de repeler un ataque de Nivel 3 por si sola.

Advertencia: su uso en interiores puede causar daños en los oídos. Se ruega no disparar sobre ningún ser vivo con la excepción de Julio Médem.

Post aleatorio sobre nada en absoluto

Bienvenidos una semana más a este púlpito de verdades. Como en tres horas me marcho a Budapest y es bastante probable que no vuelva por aquí en más de una semana, he decidido obsequiarles con otro de mis maravillosos posts, que como habrán deducido por el título, no hablará de nada de provecho. Esto lo hago fundamentalmente por dos razones:

  1. Porque no se me ocurre nada interesante de que hablarles, o bien es algo que implicaría buscar la foto adecuada (con su correspondiente y psicotrónico pié de foto), poner enlaces y cosas por el estilo, y
  2. Porque cada vez que me curro un post útil y original, las visitas caen y no comenta ni el Tato. En cambio, cuando hablo de los borrellones bajo mi cama o de mi visita al dentista, me avasallan las multitudes. Esto lo achaco al por otra parte comprensible morbo que provoca un individuo tan chispeante y divertido como yo, pero oigan, todo no puede ser.

Pero como hoy me siento generoso, voy a contarles lo que he estado haciendo últimamente.

Terminé mis prácticas de empresa de un año el jueves pasado, hecho este que celebré con una fiesta pantagruélica que terminó a las once y media de la mañana del domingo. Tras levantarme a las siete de la tarde, procedí a comerme un arroz con pollo al curry que estaba en mal estado y que me ha dejado con retortijones dos días (¿han probado ustedes a vomitar arroz? Es asqueroso. Los granos se quedan diseminados por todo el esófago y luego uno tiene que ir tosiendo para sacárselos de las entrañas. Si tiene suerte, es posible que uno o dos abandonen su cuerpo por la nariz), periodo que he aprovechado para verme del tirón las cuatro temporadas de How I met Your Mother. Ahora me he quedado con el mono de ver alguna sitcom mínimamente original y graciosa. Se aceptan sugerencias en comentarios.

En próximas entregas les iré desgranando (¿lo ven? granos everywhere) los pormenores de mi vida en Praga, ciudad que abandonaré en dos semanas para vivir nuevas y trepidantes aventuras Dios sabe dónde que tendré a bien de hacérselas saber aquí.

Pero eso será otro día. Procuren capear mi ausencia de alguna manera, que sé yo, relean mis archivos, visiten los enlaces o únanse al culto a Onán. Procuraré volveré en breve.

O no.

Cinco minutos para medianoche

Como se habrán percatado si no viven ustedes debajo de una piedra (o en su defecto en una comunidad Amish), el tema nuclear vuelve a estar muy de moda. Y todo gracias a ese simpático personajillo llamado Kim Jong-Il, a quien seguramente le gustaba mucho la Guerra Fría y ha decidido seguir los pasos de su idolatrado Stalin y fabricarse un par de bombas nucleares.

El problema es que al simpático de Kim se le ha metido en la cabeza que puede -y debe- plantarle cara al Tío Sam, porque oiga, serán pequeños pero tienen bombas nucleares, amén de dos cojones bien puestos y 12 millones de soldados con el cerebro bien lavado entrenados para formar la imagen de su cara con antorchas y que se pueda ver desde el espacio. ¿Y quién puede discutirles eso, eh?

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Hasta la victoria siempre

Lo que nadie se ha parado a decirle nunca al Querido Líder -porque probablemente acabaría en un paredón- es que, si alguna vez se le ocurriera apretar el botón rojo su país iba a durar menos que Steve Irwin en un estanque lleno de rayas. Pero claro, eso no quita que el susodicho botón descanse sobre su escritorio en este preciso momento. Ahora, sí, mientras usted lee esto.

Y fue todo este berenjenal el que dio con mis huesos en alguna página de internet en la que encontré la historia que les he venido a relatar (porque sí, la historia empieza ahora, después de cuatro párrafos. Ríase usted de Carlos Ruiz Zafón).

El caso es que, cuando los USA empezaron a convertir ciudades japonesas en átomos radiactivos, la gran mayoría de los científicos nucleares que habían tomado parte en la concepción de tan divertido ingenio se orinaron y defecaron -simultáneamente- en los pantalones al contemplar lo que habían hecho (por lo visto, tales eminencias habían previsto que del interior de una bomba atómica surgieran conejitos de angora, arcoiris y osos amorosos, y claro, se quedaron consternados al ver una detonación nuclear de 12 kilotones).

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Vaya, esto no me lo esperaba…

Muchos dejaron la física, otros siguieron desarrollando programas nucleares y la mayoría decidió constituir el Bulletin of Atomic Scientists, revista que se encargaría de monitorizar la actividad nuclear en todo el planeta.

Empezada la Guerra Fría, con un montón de rusos cabreados intentando desarrollar tecnología nuclear por su cuenta, nuestros amigos se dieron cuenta que a lo mejor esto iba a acabar muy malamente. Muy, muy malamente. De manera que se pusieron de acuerdo todos en que necesitaban algún indicador que mostrara el peligro real de una confrontación nuclear total que mandara a la humanidad a los primeros estadios de la evolución, ya saben, al equivalente de las primeras pantallas del Spore.

Y ese indicador fue El Reloj del Día del Juicio Final (o Doomsday Clock).

La historia exacta y los pormenores los pueden encontrar el la página web oficial, la wikipedia o este magnífico documental que habla sobre el tema. Que me está quedando el post muy largo, hombre ya.

Como se explica, el reloj empezó marcando (a modo simbólico) 7 minutos para medianoche (siendo la medianoche el momento del katapúm), y se iba adelantando o atrasando en función del riesgo real de guerra. Lo más cerquita que se ha estado nunca fueron dos minutos para medianoche, y lo más alejado, 17 minutos (justo después de la caída de la Unión Soviética).

Hoy, el reloj marca cinco minutos para medianoche.

Sí, amiguitos. Estamos más cerca hoy de la hecatombe de lo que lo estuvieron en la mayor parte de la Guerra Fría. Visiten los enlaces, mírense el documental y exploren un poco por su cuenta. Descubrirán que actualmente la paranoia está muy infravalorada.

Piensen en ello antes de acostarse.

Reentrada atmosférica inminente

Normalmente, cuando este blog se queda parado por un tiempo, las visitas aumentan exponencialmente. No sé que misterioso mecanismo cósmico opera en este caso, pero desde luego resulta un tanto perturbador. Mi parte abúlica y mi parte autocomplaciente ven colmadas sus expectativas simplemente dejando este antro de depravación como el erial de arena que acostumbra a ser las más de las veces. Pero en ocasiones -contadas-, mi parte responsable se sacude los dos dedos de polvo que se le acumulan encima, se cuadra y me impulsa irremisiblemente frente al teclado de mi flamante ordenador para hacerles saber a ustedes de nuevo de mi existencia. Hoy, se habrán percatado, es una de esas ocasiones.

Esta vez no es la astenia primaveral la responsable del enésimo abandono de este sitio, sino todo lo contrario. Desde hace unas semanas vivo inmerso en una espiral de creatividad y curiosidad sin precedentes. Para que se hagan una idea, he escrito dos cuentos, un guión para un corto y he dado forma a un proyecto bastante ambicioso del que, si todo va bien, tendrán constancia en breve. También me he dedicado a consumir horas y horas de (buen) cine que tenía en abandonado en las entrañas de mi disco duro, al lado mismo de un útil manual para la creación de supersoldados cibernéticos asesinos. También, si son avispados, habrán notado que he actualizado mi biografía oficial, algo que llevaba prometiendo un par de años (empezaba a parecer un político, y oiga, eso si que no).

He viajado al siglo XIX, a la majestuosidad de la Inglaterra Victoriana. He seducido hermosas damas de la más alta alcurnia, he jugado al poker en el Gentelmen’s Club de Londres y me he batido en duelo tres veces, saliendo siempre victorioso. He recorrido el Imperio Británico en toda su extensión, y he combatido a los zulúes en Rorke’s Drift, a los sarracenos en Khartum y a los afganos en el Paso de Khyber. He regresado con la casaca roja, la bayoneta manchada por la sangre de mis enemigos y más conocimiento de la época del que ningún otro ser vivo ha tenido jamás.

También me ha dado tiempo a revisar mi archivo a fondo. Encuentro alucinante lo rápido que pasa el tiempo, hay entradas que escribí hace más de un año que recuerdo como si fuera ayer.

Tengo la sensación de que este periodo de inactividad blogeril está tocando a su fin. Mi mente bulle con un millón de cosas que contarles y una musa con la forma de Daria Weirbowy revolotea por el techo de mi habitación, susurrándome mientras duermo. La otra noche soñé que moría e iba al infierno, que para mi sorpresa consistía en una oficina del INEM gigante. La gente esperaba haciendo cola, y en ella conocía a Pete Doherty y a Carl Barât. Pete estaba furioso conmigo y me quería pegar, pero Carl conseguía tranquilizarlo y finalmente nos hacíamos todos amigos y nos íbamos a tomar unas cañas, pero como aquello era el infierno nos daban Cruzcampo. Me desperté gritando, empapado en sudor y con el regusto de aquel mejunje venenoso todavía en mis labios. Si aquello no era una señal de que debía postear aquí inmediatamente, no sé que puede serlo.

Permanezcan a la escucha y no separen la vista de su lector de feeds habitual, les quiero prestos aquí para regocijarse en mi siguiente diatriba. Ahora, vuelvan a lo que estaban haciendo.

Pórtense bien en mi ausencia.