Que tito Clint es el ser humano más duro que ha existido sobre la faz de la tierra es algo que no debería discutir nadie. Por supuesto, cada uno es libre de pensar o decir lo que le salga de la punta del cilindro, pero hay verdades tan obvias que cualquiera que se atreva a discutirlas merece la repulsa y escarnio de la sociedad.
Pero no vengo a hablarles hoy de ninguna película del señor Eastwood, que eso creo que ustedes pueden encontrarlo en miles de blogs más prolíficos que este (pero ni por asomo con tanto estilo y genialidad). Pero el caso es que revisando la Trilogía de los Dólares me ha venido a la memoria otro spaghetti-western que, si bien no es comparable con la obra maestra del señor Leone, a buen seguro les proporcionará horas de diversión y deleite.
Les hablo, como no, de Django.

El cartel promete una orgía continua de muerte y destrucción. Lo que viene a ser una peli buena, vaya.
Si quieren los datos técnicos, se los buscan en la correspondiente entrada de la Wikipedia. Yo aquí he venido a hablar de mi libro de la película como lo que es, una obra maestra de lo que debería ser un western en condiciones.
La peli empieza con Django caminando por el barro arrastrando un ataúd. Probablemente el mejor inicio posible para cualquier film (exceptuando una explosión nuclear, obviamente). Pues eso, resulta que el tio llega a un pueblucho de mala muerte de algún lugar del sur profundo de los Estados Unidos justo después de la guerra civil. Como el tio es más chulo que dos pistolas, se planta en medio del pueblo, gobernado por paletos ex-confederados armados, ataviado con un traje unionista. Esto, claro, pilla al cabecilla de los rednecks (un ex-coronel que se dedica a practicar tiro al blanco con mexicanos, en una escena que luego Spielberg plagiaría descaradamente en La Lista de Schindler) un poco por sorpresa, por lo que deciden ir a vacilar al bueno de Django.
Error.
Después de ventilarse a los cinco compinches del coronel sin levantarse de la silla, nuestro protagonista se planta ante este y le pregunta que cuantos hombres le quedan, a lo que el militar responde “cincuenta“, y Django le sugiere que la próxima vez venga con los cincuenta todos juntos, que así será más divertido.
El coronel huye humillado y cabreado, y hora y media (aprox.) después se planta en medio del pueblo con sus cincuenta colegas al más puro estilo de los gitanos de mi barrio. Algo a lo que nuestro antihéroe reacciona ajustándose el sombrero, escupiendo un gargajo de color negro y abriendo la tapa del ataúd que llevaba arrastrando al principio de la peli, y de cuyo interior saca esto:

Ahora vais a vacilarle a vuestra puta madre
Lo que pasa a continuación a buen seguro se lo pueden imaginar. Bueno, pues todo esto pasa tal que como en la primera media hora de metraje. Luego vienen mexicanos revolucionarios, venganzas, traiciones, Django ligándose a la chavala de turno y recibiendo soberanas palizas sin derramar una lágrima.
Porque Django era un tipo duro de cianuro, con dos pelotas de acero forjado y capaz de matarle antes de que pueda usted decir prestidigitador. Un antihéroe de los que ya no quedan, porque antes el cine era cine y hacer morder el barro a cincuenta matones racistas confederados era el pan de cada día.
Así que sin más les animo a que descarguen la película, si es que la encuentran. Me lo agradecerán eternamente, ya verán como sí.
Y se acabó por hoy. Yo me vuelvo a seguir enriqueciendo uranio para mis maléficos fines. Ustedes vuelvan a lo suyo.
P.D. Por cierto, he leído que existe una segunda parte que roza niveles de bizarrismo solo alcanzados por alguna que otra superproducción de los de Troma, con Django repartiendo amor por el Amazonas, piratas y vampiros. Ni que decir tiene que dicha peli está entre mis prioridades de búsqueda y captura. Permanezcan atentos.






