
Chupas de cuero y guitarras molonas y la gente se olvida de que somos más feos que pegarle a un padre con un calcetín sudado…
Sé que les prometí un post sobre cine apocalíptico actual, pero en su lugar voy a hablarles de algo totalmente distinto. Esto lo hago para mantener el interés de los lectores con sorprendentes y chispeantes giros de guión que nadie esperaba, al más puro estilo Shyamalan. Waah! Ohh! Fiu! Y ahora repónganse que voy a hablarles de la historia de uno de mis grupos favoritos, Mando Diao.
Cuando vives en un pueblucho dejado de la mano de Dios en mitad de Suecia solo puedes hacer dos cosas; suicidarte o montar una banda de garage rock con todas las de la ley. Es un hecho contrastado que en los paises nórdicos la música es mucho mejor que aquí simplemente porque allí lo de hacer botellón a 35 grados bajo cero no es lo que se llama una moda entre los jóvenes, por lo que en su lugar suelen encerrarse en locales de ensayo para perpetrar rifts y punteos con la misma facilidad que aquí ingerimos litros y litros de bebidas espirituosas varias. Y así va el mundo.
A mediados/finales de los 90 hubo una expolsión de grupos de garage que por desgracia pasó bastante desapercibida en general, en parte porque entonces aún coleteaba el grunge en el resto del mundo y porque aquí en España lo que triunfaba era… bueno, todos sabemos lo que triunfaba por aquí en aquel entonces.

Ahora parece ridículo, pero llegó a hacerle la competencia a Nirvana…
Uno de esos grupos era Mando Diao. Su primer disco, Bring ‘em in, era una jodida obra de arte, y ellos tampoco se quedaron cortos a la hora de hacer declaraciones del tipo “La verdad es que creemos que nuestro disco es mejor que cualquiera de los Who. O de los Kinks, o Small Faces, en realidad. Incluso es mejor que muchos de los Rolling o los Beatles.” Hale pues.
Si ustedes son gente con un mínimo de criterio habrán escuchado, al menos, Sheepdog, Motown Blood o The Band. En aquel entonces no llegaron a ser muy conocidos, pero al poco tiempo, con el petardazo de los Strokes, el género se volvió a poner de moda y los suecos disfrutaron de, al menos, una porción del éxito que se merecían, lo que les permitió sacar su segundo album, Hurricane Bar, menos trallero pero con canciones como God Knows o You can’t steal my love, la mejor canción de amor de todos los tiempos, y eso que yo detesto las canciones de amor como si fuesen libros de Bjorn Longborg.
En 2006 sacaron su tercer disco, Ode to Ochrasy, donde ya se notaba el cambio en su estilo. Seguía siendo garage, pero muchas canciones eran melódicas y pastelosas. El disco no estaba del todo mal y se salvaban bastantes canciones, como Long before Rock’n Roll o Morning Paper Drift. Pero ya era otro rollo. Cuando fui a verlos en 2007, me dejaron bastante frio (frio es un decir, la verdad es que hacía 52ºC a la sombra, y eso que era de noche). No tocaron nada del primer disco, no hicieron bises y lo más importante, no vi la garra esa que tanto se prometían. La explicación vino unos meses después, con su cuarto y hasta la fecha último disco, Never seen the light of day, malo a rabiar.
No voy a decir por que era malo, tendrán que descubrirlo ustedes. Bájense la discografía y escúchenla en orden cronológico. Descubrirán una sensación solo comparable a que una montaña rusa se pare de repente en mitad de un looping. Solo así podrán hacerse una idea de lo que de verdad implica la palabra decepción.
Ya no espero nada. Quizá se arreglen en su quinto disco, quizá ya no saquen nada más. Yo, por mi parte, me quedo con The Hives que también son de Suecia y que no han perdido ni un ápice de su nervio. Y que me cuelguen si algún día lo hacen.

¿Quién se rie ahora, Dixgard?
P.D. No les pongo los enlaces. Tendrán que buscarse la vida, malditos holgazanes.