Supongo que tengo que compensarles de alguna manera por mi prolongada ausencia que, como ya expiqué, obedece a causas que escapan a mi control. Y como la verdad es que la blogosfera últimamente apesta que da gusto, con miles de blogs repitiendo los mismos temas una y otra vez (de verdad, es como mirar veinte veces el mismo blog, solo que con formatos distintos) y gente citándose a si misma (acto que considero la cúspide del garrulismo y el mal gusto), pues que mejor que obsequiarles a ustedes, amantísimo público, con un post fresco, original y chispeante.
Por eso voy a inaugurar sección y así de paso les hablo de una de las novelas de ciencia ficción que más me gustan y que más ingredientes de aventura y emoción sin pretensiones aparentes presenta (y es aquí donde radica el encanto del género Pulp, todo es mucho más de lo que aparenta). Me refiero a El Día de los Trífidos, del escritor John Windham.
De todos es sabido que todo escritor inglés que se precie debe, al menos una vez en su carrera, destruir Londres, Inglaterra y el mundo (en este estircto y nada casual orden). Así el resto de los mortales podemos deleitarnos con bellísimas estampas de los puentes sobre el Támesis totalmente desiertos y libres de esa inmundicia humana.

“¿Pero donde coño debe haber un contenedor amarillo de esos? Puta mierda de reciclaje…”
Esto es precisamente lo que hizo este señor en 1953, pero en lugar de recurrir a temas tan trillados como las epidemias (de virus o de zombis) o las guerras nucleares (que lo dejan todo hecho unos zorros y así no se puede disfrutar de las ciudades desiertas en condiciones), Windham ideó un combo tan aterrador como mortal.
Una noche, de buenas a primeras, aparecen sobre el cielo millones de luces verdes, debidas al parecer al paso de la cola de un cometa sobre nuestra atmósfera. Toda la humanidad sale al balcón a contemplar el espectáculo, y al día siguiente todos se han quedado ciegos. Todos menos unos cuantos que, por h o por b (genial expresión, por cierto, solo comparable a “entre pitos y flautas“), no han contemplado el fenómeno y se han librado de quedarse como Ray Charles. Para rematar la faena, y como si lo de dejar a la humanidad ciega no fuese suficiente, el autor se saca de la manga a las criaturas más terribles que han podido existir sobre la tierra; los Trífidos, una especie de plantas que pueden caminar y que tienen un aguijón de dos metros de jargo cuyo veneno mata a la gente en el acto. Claro, cuando las personas podían ver bastaba con cortarles el aguijón y así cualquiera podía tener un trífido como mascota, pero ahora que van todos dando tumbos pues como que los vegetales lo tienen más facil a la hora de zamparse a sus anteriores criadores. Pura justicia poética.

Parece una inocente petunia pero en realidad es una imparable máquina de matar.
A partir de ahí, los pocos personajes que aún conservan la visión pugnan por escapar de una Inglaterra devastada por los trífidos, que se reproducen con la misma rapidez que los realities en las cadenas de televisión. Entremedias hay tiroteos, acción, aventura, romance y diálogos molones de esos que desaparecieron con los 50.
La novela es muy popular en Reino Unido, donde se hizo una adaptación al cine (muy cutre) y una serie de televisión de la BBC bastante más decente y con protagonistas armados con toda clase de utensilios para acabar con las plantitas de marras y una estética muy sesentera.

“- Aigh, que asco, un hierbajo de esos! Corre, disparale a los ojos!”
“- Pfff, a esta tia me la tiro seguro”
Hace unos años se estuvo comentando que John Carpenter había comprado los derechos y que preparaba una adaptación, pero todo quedó en papel mojado. No hay novedades a la vista así que tendremos que esperar a que la BBC se quede sin ideas y decida hacer el remake como ya ha hecho con Survivors y Doctor Who.
Por cierto, hay una continuación de la novela, llamada La Noche de los Trífidos. La escribe un tal Simon Clark, y no está mal del todo. Su lectura puede ser incluso recomendable, pero si quieren, pueden leer solo el libro original y les aseguro que quedarán encantados. Si no, es que es usted de esa clase de personas sin criterio ni gusto ninguno y no se moleste en volver por aquí. Coja un ejemplar de El Código da Vinci, áteselo al tobillo y arrójese al primer pantano que encuentre y que tenga más de tres metros de profundidad.




Por cierto, soy consciente de que este es el post más largo que he puesto hasta la fecha, pero por lo menos he puesto fotos chupiguays. El próximo será más escueto. Palabra.
Lo leí hace años mil en el instituto y me encantó, casi puedo oir los “tap-tap” de los trífidos para comunicarse entre sí :S … no sabía lo de la peli y la serie, habrá que investigar …
Saludosss
Adoro este libro. La serie es francamente estupenda. ¡Viva el Katapúm!